El mito del talento genético y el debate acerca de si el talento es contingente o se trabaja está fundado en rarezas y excepciones; en fotos e historias que muestran a genios precoces con sus caras cándidas de niños codeándose con grandotes de la elite mundial. Los psicólogos William Chase y Herbert Simon demolieron este mito al indagar con lupa fina la progresión de los grandes genios del ajedrez. Ninguno lograba un nivel de destreza altísimo sin antes haber completado unas diez mil horas de entrenamiento. Lo que se percibía como genialidad precoz era, en realidad, un entrenamiento intensivo desde la infancia.

Ser un genio

El círculo vicioso funciona más o menos así, los padres del pequeño X se convencen, en alguna coincidencia azarosa, de que su hijo es virtuoso para el violín (por algo lo llamaron X), le dan confianza y motivación para practicar y, por lo tanto, X mejora mucho, tanto que parece talentoso. Suponer talento en alguien es una manera efectiva de lograr que lo tenga. Parece una profecía autocumplida. Pero es bastante más sutil que la mera configuración psicológica de “me lo creo, ergo, lo soy”. La profecía produce una cascada de procesos que catalizan el aspecto más difícil del aprendizaje, aguantar el tedio del esfuerzo de la práctica deliberada.

Todo esto se estrola contra las excepciones más excepcionales. ¿Qué hacemos con lo que parece obvio? Por ejemplo, que Messi ya era un genio indiscutible de la pelota desde su tierna infancia. ¿Cómo acomodamos el análisis minucioso del desarrollo de los expertos con lo que la intuición nos dicta?

En primer lugar, el argumento del esfuerzo no niega que exista cierta condición constitutiva.Pero, además, creer que a los ocho años no era un experto es el principio del error. Messi a esa edad ya tenía más fútbol que la mayoría de las personas del planeta. La segunda consideración es que hay cientos —miles— de niños que hacen cosas extraordinarias con la pelota. Ninguno de ellos, más bien solo uno, llegó a ser Messi. El error está en presuponer que se puede predecir cuáles niños serán los genios del futuro. El psicólogo Anders Ericsson, siguiendo minuciosamente la formación de virtuosos de distintas disciplinas, mostró que es casi imposible predecir el límite máximo a partir del desempeño en los primeros pasos. Esta última estocada a casi toda nuestra intuición acerca del talento y el esfuerzo resulta muy reveladora.

El experto y el novato utilizan sistemas de resolución y circuitos cerebrales completamente distintos, como veremos. Para aprender a hacer algo con destreza no se trata de mejorar la maquinaria cerebral con la que lo resolveríamos originariamente. La solución es mucho más radical. Se trata de reemplazarla por otra con mecanismos e idiosincrasias bien distintas. La primera pista para alcanzar esta idea viene del célebre estudio que Chase y Simon hicieron en los ajedrecistas expertos.

Una práctica circense de los grandes ajedrecistas consiste en jugar partidas simultáneas y a ciegas. Algunos son capaces de proezas extraordinarias. El ajedrecista Miguel Najdorf jugó en 45 tableros distintos, de manera simultánea, con los ojos vendados. Ganó treinta y nueve partidos, hizo tablas en cuatro y perdió dos. Así batió el récord del mundo de partidas simultáneas.
(Pocos años antes había viajado a la Argentina para participar en una olimpíada de ajedrez representando a Polonia. No pudo volver. Tampoco pudieron salir de Polonia su mujer, su hijo, sus padres ni sus cuatro hermanos. Todos murieron en un campo de concentración. En 1972, Najdorf contó las razones de su gesta: “No lo hice como un truco o una gracia. Tenía la esperanza de que esta noticia llegara a Alemania, Polonia y Rusia, y que algún familiar la leyese y me contactara”. Pero nadie lo hizo. Las grandes gestas humanas son, en última instancia, una lucha contra la soledad.

Se movían 1.440 piezas en 45 tableros; 90 reyes, 720 peones. Najdorf seguía todas al unísono para comandar sus 45 ejércitos, la mitad blancos y la mitad negros, con los ojos vendados. Se trataba, por supuesto, de una memoria extraordinaria, de una persona muy especial, única, con un don. ¿O no?

Un gran maestro, con solo ver durante unos pocos segundos el diagrama de una partida de ajedrez, puede reproducirla a la perfección. Sin hacer ningún esfuerzo, como si sus manos fueran solas, puede colocar las piezas exactamente donde indicaba el diagrama. Frente a este mismo ejercicio, una persona no versada en el ajedrez apenas recordaría la posición de dos o tres piezas. Pareciera que, en efecto, los ajedrecistas tienen mucha más memoria. Pero no es así.

Chase y Simon demostraron esto utilizando diagramas con piezas repartidas al azar en el tablero. En estas condiciones, los maestros recordaron, al igual que el resto, unas pocas piezas. El ajedrecista no tiene una memoria extraordinaria sino la capacidad de armar una trama —visual o hablada— para un problema abstracto. Este hallazgo no vale solo para el ajedrez, es cierto para cualquier otra forma de conocimiento humano. Por ejemplo, cualquiera puede recordar una canción de los Beatles pero difícilmente se acuerde de una secuencia formada por las mismas palabras presentadas de forma desordenada. Ahora probá recordar esta misma frase que pese a ser larga no es compleja. Y esta: frase pese misma larga a que ser compleja probá ahora no recordar es esta. La canción es fácil de recordar porque el texto y la música tienen una trama. No recordamos palabra por palabra sino el camino que forman.

Heredando la posta de Sócrates y Menón, Chase y Simon dieron con la llave para fundar el camino hacia la virtud. Y el secreto  consiste en reciclar viejos circuitos del cerebro para que puedan adaptarse a nuevas funciones.

 

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