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El mundo en el que vivimos es el resultado de lo que nuestros antepasados, abuelos, padres y nosotros hemos podido hacer hasta ahora. Todas las naciones, monumentos y tecnologías son el resultado del tiempo que hemos destinado a trabajar por y para cada una de estas maravillas. Y ha sido mucho el tiempo invertido. Algunos estudios sugieren que pasamos aproximadamente un tercio de nuestras vidas trabajando. Pero la verdad es que hoy en día es difícil calcular con certeza ese porcentaje, pues parece imposible separar lo que es “nuestra vida” de lo que es el trabajo, sobre todo cuando el home-office aglutinó todo en una misma palabra.

Cuando hablamos de trabajo, muchas veces lo concebimos como algo unívoco: una actividad corriente para todos. Pero lo cierto es que el trabajo es en esencia plural y sumamente diverso. No solo por las miles de profesiones que existen, sino también por lo que este representa y ofrece a cada persona. Si bien para unos trabajar es un medio para hacer realidad sus sueños, para otros es la única alternativa de supervivencia. Están los que dan órdenes y los que solo pueden seguirlas; los que crean y los que ejecutan; los que tienen opciones y los que no. Todos somos trabajadores, pero nuestras realidades son todo menos iguales.

Ver reflejadas en el trabajo mismo las expresiones de desigualdad que hay en el mundo deja en claro que a pesar de todos los cohetes, teléfonos inteligentes y aplicaciones, todavía estamos muy lejos de lo que podríamos ser. Y esto también es resultado de nuestro trabajo. Aunque le dedicamos un tercio de nuestra vida, generación tras generación, todavía no llegamos. Todavía no vemos el futuro próspero y democrático con el que hemos soñado durante generaciones. Justo ahora se suma una crisis de salud pública global a lo que ya era un colapso ambiental, social y económico. Y será difícil salir de esto. En momentos así se vuelve más difícil mantener el optimismo. Sin embargo, creo que deberíamos ser optimistas.

Aunque le dedicamos un tercio de nuestra vida al trabajo, todavía no vemos el futuro próspero y democrático con el que hemos soñado durante generaciones.

Sobreviviremos a este y a muchos otros desafíos. Los seres humanos tienen la capacidad de superar cualquier obstáculo al que se enfrentan. La necesidad genera creatividad, y a lo largo de la historia hemos superado desafíos enormes. Ahora mismo, lo tenemos que volver a hacer. Es hora de repensar la forma en que resolvemos nuestros problemas.

Algunas personas prestan demasiada atención a los avances tecnológicos como si estos fueran la razón por la que evolucionamos o aceleramos. Incluso muchos critican la aceleración, como si hubiera alguna posibilidad de que el mundo finalmente dejara de girar. Como si la aceleración que sentimos con respecto al tiempo no fuera el resultado directo de una de las consecuencias más hermosas de un mundo más conectado: ahora somos más los que estamos jugando en el mismo tablero; hay más posibilidades de interacción, más perspectivas con las cuales dialogar. Y como seres humanos queremos probar las oportunidades cuando están disponibles, es parte de nuestra naturaleza. Pero como tenemos la misma cantidad de horas todos los días y una mayor cantidad de posibilidades de interacción, sentimos que no tenemos suficiente tiempo. Esa sensación no va a mermar. Estaremos cada vez más conectados, encontraremos personas que comparten cosas más profundas con nosotros (más profundas que el lugar geográfico, por ejemplo) y el tiempo se convertirá cada vez más en la variable más valiosa de nuestras vidas.

Como tenemos la misma cantidad de horas todos los días y una may